
De niña solía perder las cosas de valor, llamémosle pulseras de oro, aretes, relojes, etcétera, etcétera. Los regaños por ese motivo ya no me dolían, me resignaba a que eso sucedía siempre.
De adolescente cambiaron los objetos perdidos por dinero y bolsas. Ahh!! Todavía recuerdo mi bolso de colección que se quedó en el ADO rumbo a Orizaba y la divertida que se habrá dado la curiosa (u oso) que se lo haya encontrado revisándolo.
Ahora he perdido la confianza, en ti, en mí. Y eso que no pude tocar como los aretes, ni gastar como el dinero, ah cómo carajos duele haberlo perdido.
Habrá alguna oficina de objetos y sentimientos perdidos en algún lugar de este encarnizado mundo?