
Y la llamabas princesa, con el nombre de la española, caprichosamente dedicada al mismo oficio aunque no existe punto de comparación.
De todos los días que te permitían observarla caminar, cada movimiento, cada pase de cadera, tus ojos la seguían. Yo lo sabía, callada, lo sabía.
Entonces la adorabas (¿todavía lo harás?) tanto como a las imágenes que tienes sobre el pequeño librero de la parte superior de tu casa, terminando las escaleras, donde sueles prender una veladora que incontables veces he alucinado es tu secreto.
Cada noche, la pesadilla me acompañaba en el lecho que también te sueña. La misma escena, la misma persona, yo ascendiendo lento por los escalones, libros tirados, la mesa revuelta y abajo, justo abajo, dos cuerpos mutándose de amor y juegos. Luego del descubrimiento, las risas eran eternas, en tanto yo me diluía en gotas saladas que escurrían por el suelo. Por fin, ambos lograron la destrucción deseada.
La relación era distante, pero tu fingías todo, el beso, el saludo, la comida, tus salidas. Una pregunta hacía con la respuesta de siempre:
_ No. Pero esa negativa sonaba a duda.
Acudí a las artimañas de los espías, hasta el último rincón, cosas sin importancia.
La foto en el celular lo aclaraba todo, tendida sobre las sábanas que nos cobijaron, cansada, fatigada como tantas veces lo estuve.
El mensaje fue más allá del dolor. Y yo seguía callada en busca de pruebas irrefutables, qué más, qué más, como si tuviera que presentarme ante el fiscal y comprobar que mis argumentos eran válidos…
La noche del 6 de enero, dispuesta a no recibir a la revoltura de malos sueños, tomé el teléfono y noté su presencia en tu voz.
Con toda la fuerza que no tengo ahora, busqué mi bolso y partí hacia donde ya se montaba la obra de mi horror.
Paré un taxi, pedí un consejo y no lo seguí. Abrí la reja, toqué la puerta, todo parecía normal.
Tardaste un poco en responder, me invitaste a pasar y sentí un ligero alivio, entonces vino tu sutil despedida aludiendo a que tenías compañía… recordé las escaleras, los libros tirados, la veladora. Hubo gritos, reproches entre tres y al final una humillación que jamás olvido. Esta vez no estaba acostada ni con los ojos cerrados.
La partida de rosca vino después…